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El peso de las cosas pequeñas
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El peso de las cosas pequeñasCuerda

La primera pérdida fue el nombre de una calle. La segunda, la cara de un profesor. Ninguna de las dos le pareció grave. Uno tira cosas así todos los días sin darse cuenta; la diferencia es que ahora sabía exactamente cuándo y a cambio de qué.

Conviene detenerse aquí un momento, porque lo que viene después solo se entiende si se acepta antes una cosa incómoda: nadie de los implicados está mintiendo. Todos cuentan lo que recuerdan, y lo cuentan con detalles que se sostienen y con fechas que encajan. El problema aparece al poner los relatos uno junto a otro.

Hay que tener paciencia con las primeras páginas. Las historias que empiezan por el final se leen deprisa y se olvidan igual de rápido. Esta empieza por donde empiezan las cosas de verdad, que es bastante antes de que nadie se dé cuenta de que han empezado.

De lo que ocurrió aquella tarde hay dos versiones y media. La media es de alguien que llegó tarde y se fue pronto, y precisamente por eso es la que más se parece a lo que probablemente pasó: no tiene interés en que la historia quede bien.

Un apunte final antes de continuar: los nombres se han mantenido tal como aparecen en los documentos, incluidas las tres ocasiones en que el mismo documento escribe el mismo nombre de dos maneras distintas. Corregirlo habría sido más limpio y bastante menos honesto.

Lleva una libreta con la lista de lo que ya no tiene. Es una lista rara, porque solo puede anotar lo que recuerda haber olvidado. Sospecha que la parte de arriba, la más antigua, está incompleta, y que nunca sabrá cuánto.

Lo que sigue está reconstruido a partir de lo que quedó: dos libretas, un montón de cartas sin abrir, una lista de la compra con anotaciones que no tienen nada que ver con la compra, y el testimonio de once personas que no se ponen de acuerdo en casi nada excepto en que aquello ocurrió.

Nada de esto se decidió de golpe. Se decidió como se deciden casi todas las cosas importantes: aplazándolas, dejando pasar una semana más, contestando mañana a la carta que llegó hoy. Cuando por fin hubo que elegir, la elección ya estaba hecha desde hacía meses.

Queda pendiente la cuestión más simple de todas, la que cualquiera habría hecho el primer día y que sin embargo tardó cuatro años en formularse en voz alta. No se recoge aquí la respuesta porque no la hubo, o porque quien la dio ya no estaba en condiciones de que se le creyera.

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