Los siete barrios se llaman por su número desde que nadie se molesta en decir los nombres. El Cuatro y el Cinco comparten una pared de ochenta metros y llevan catorce meses sin cruzar una palabra. Rita atraviesa esa pared dos veces al día.
Lo que sigue está reconstruido a partir de lo que quedó: dos libretas, un montón de cartas sin abrir, una lista de la compra con anotaciones que no tienen nada que ver con la compra, y el testimonio de once personas que no se ponen de acuerdo en casi nada excepto en que aquello ocurrió.
Nada de esto se decidió de golpe. Se decidió como se deciden casi todas las cosas importantes: aplazándolas, dejando pasar una semana más, contestando mañana a la carta que llegó hoy. Cuando por fin hubo que elegir, la elección ya estaba hecha desde hacía meses.
Queda pendiente la cuestión más simple de todas, la que cualquiera habría hecho el primer día y que sin embargo tardó cuatro años en formularse en voz alta. No se recoge aquí la respuesta porque no la hubo, o porque quien la dio ya no estaba en condiciones de que se le creyera.
Hubo un tiempo en que esto habría bastado para inquietar a cualquiera. Ahora ya no. La costumbre es un disolvente lento pero muy eficaz, y lo que al principio resultaba imposible pasa, con suficiente repetición, a ser simplemente lo que hay. Se aprende a rodearlo como se rodea un mueble mal puesto en un pasillo estrecho.
El apagón duró once minutos. Lo que no volvió fue la costumbre. Cuando la luz regresó, la gente ya había decidido cosas: quién era de fiar, qué puerta convenía dejar cerrada, hasta dónde llegaba lo propio. Once minutos bastaron.
Al cerrar la puerta se oye un chasquido doble: primero el pestillo y después algo más hondo, como si el edificio entero comprobara que sigue estando donde lo dejaron. Es un sonido al que uno se acostumbra en una semana y que, curiosamente, todos los testimonios describen con las mismas palabras.
El invierno siguiente fue más suave de lo normal, cosa que a nadie le vino bien. Un invierno duro obliga a la gente a quedarse dentro y a hablar; uno suave permite seguir saliendo, seguir cruzándose por la calle y seguir sin decir nada.
Conviene detenerse aquí un momento, porque lo que viene después solo se entiende si se acepta antes una cosa incómoda: nadie de los implicados está mintiendo. Todos cuentan lo que recuerdan, y lo cuentan con detalles que se sostienen y con fechas que encajan. El problema aparece al poner los relatos uno junto a otro.
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