LECTURAPRO
La ciudad que respira
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La ciudad que respiraCalle sin nombre

Elia empezó a coser el mapa el invierno en que su madre dejó de reconocer el portal. Primero fueron cuatro calles bordadas con hilo azul en el forro del abrigo. Ahora hay tantas líneas que la tela pesa, y hay noches en que no se lo quita para no perder lo que ya sabe.

Nada de esto se decidió de golpe. Se decidió como se deciden casi todas las cosas importantes: aplazándolas, dejando pasar una semana más, contestando mañana a la carta que llegó hoy. Cuando por fin hubo que elegir, la elección ya estaba hecha desde hacía meses.

Queda pendiente la cuestión más simple de todas, la que cualquiera habría hecho el primer día y que sin embargo tardó cuatro años en formularse en voz alta. No se recoge aquí la respuesta porque no la hubo, o porque quien la dio ya no estaba en condiciones de que se le creyera.

Hubo un tiempo en que esto habría bastado para inquietar a cualquiera. Ahora ya no. La costumbre es un disolvente lento pero muy eficaz, y lo que al principio resultaba imposible pasa, con suficiente repetición, a ser simplemente lo que hay. Se aprende a rodearlo como se rodea un mueble mal puesto en un pasillo estrecho.

Al cerrar la puerta se oye un chasquido doble: primero el pestillo y después algo más hondo, como si el edificio entero comprobara que sigue estando donde lo dejaron. Es un sonido al que uno se acostumbra en una semana y que, curiosamente, todos los testimonios describen con las mismas palabras.

La ventaja de un mapa cosido es que no se puede corregir sin que se note. Cada puntada deshecha deja el agujero. Elia cuenta los agujeros como quien cuenta los días que lleva sin dormir bien: sin querer, y con una precisión que le da miedo.

El invierno siguiente fue más suave de lo normal, cosa que a nadie le vino bien. Un invierno duro obliga a la gente a quedarse dentro y a hablar; uno suave permite seguir saliendo, seguir cruzándose por la calle y seguir sin decir nada.

Conviene detenerse aquí un momento, porque lo que viene después solo se entiende si se acepta antes una cosa incómoda: nadie de los implicados está mintiendo. Todos cuentan lo que recuerdan, y lo cuentan con detalles que se sostienen y con fechas que encajan. El problema aparece al poner los relatos uno junto a otro.

Hay que tener paciencia con las primeras páginas. Las historias que empiezan por el final se leen deprisa y se olvidan igual de rápido. Esta empieza por donde empiezan las cosas de verdad, que es bastante antes de que nadie se dé cuenta de que han empezado.

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