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Trece formas de perder un tren
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Trece formas de perder un trenÚltima salida

Se puede leer en cualquier orden. Se recomienda, de hecho, no leerlo en el orden impreso: los quince minutos que separan cada relato están calculados para que el desorden produzca coincidencias que el orden esconde.

Al cerrar la puerta se oye un chasquido doble: primero el pestillo y después algo más hondo, como si el edificio entero comprobara que sigue estando donde lo dejaron. Es un sonido al que uno se acostumbra en una semana y que, curiosamente, todos los testimonios describen con las mismas palabras.

El invierno siguiente fue más suave de lo normal, cosa que a nadie le vino bien. Un invierno duro obliga a la gente a quedarse dentro y a hablar; uno suave permite seguir saliendo, seguir cruzándose por la calle y seguir sin decir nada.

Conviene detenerse aquí un momento, porque lo que viene después solo se entiende si se acepta antes una cosa incómoda: nadie de los implicados está mintiendo. Todos cuentan lo que recuerdan, y lo cuentan con detalles que se sostienen y con fechas que encajan. El problema aparece al poner los relatos uno junto a otro.

Hay que tener paciencia con las primeras páginas. Las historias que empiezan por el final se leen deprisa y se olvidan igual de rápido. Esta empieza por donde empiezan las cosas de verdad, que es bastante antes de que nadie se dé cuenta de que han empezado.

El andén cuatro tiene un banco, dos máquinas y un reloj que adelanta cuarenta segundos. Ese reloj es responsable de más historias que cualquier persona que haya pasado por aquí.

De lo que ocurrió aquella tarde hay dos versiones y media. La media es de alguien que llegó tarde y se fue pronto, y precisamente por eso es la que más se parece a lo que probablemente pasó: no tiene interés en que la historia quede bien.

Un apunte final antes de continuar: los nombres se han mantenido tal como aparecen en los documentos, incluidas las tres ocasiones en que el mismo documento escribe el mismo nombre de dos maneras distintas. Corregirlo habría sido más limpio y bastante menos honesto.

Lo que sigue está reconstruido a partir de lo que quedó: dos libretas, un montón de cartas sin abrir, una lista de la compra con anotaciones que no tienen nada que ver con la compra, y el testimonio de once personas que no se ponen de acuerdo en casi nada excepto en que aquello ocurrió.

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