La habitación que no existía
La lluvia llevaba horas golpeando los tejados del pequeño pueblo de San Aurelio. Eran casi las once de la noche cuando Mateo, Lucía y Bruno llegaron frente a una antigua casa abandonada.
La casa llevaba más de treinta años cerrada.
Según la historia del pueblo, su antiguo dueño, un hombre llamado Esteban Valdés, había desaparecido una noche sin dejar rastro. Desde entonces, nadie había vuelto a entrar.
—¿Seguro que quieres hacer esto? —preguntó Lucía, mirando las ventanas oscuras.
Mateo levantó la linterna.
—Solo vamos a entrar, mirar un poco y salir. Nada más.
Bruno soltó una pequeña risa nerviosa.
—Eso dijiste hace una hora.
La puerta principal estaba cubierta de polvo, pero sorprendentemente no estaba cerrada con llave.
Cuando Mateo la empujó, un largo chirrido llenó el pasillo.
Los tres entraron.
El interior olía a madera vieja y humedad. Había cuadros cubiertos con telas, muebles antiguos y un enorme reloj de pared detenido exactamente a las 11:17.
—Qué raro —dijo Lucía—. Todos los relojes están detenidos a la misma hora.
Mateo iluminó el siguiente pasillo.
—¿Todos?
Avanzaron por la casa y encontraron varios relojes. Uno en la sala, otro en la cocina y otro en una pequeña biblioteca.
Todos marcaban las 11:17.
Entonces escucharon un ruido.
Toc... toc... toc...
Los tres se quedaron inmóviles.
El sonido provenía del piso superior.
—Dime que fue una ventana —susurró Bruno.
—Las ventanas están cerradas —respondió Lucía.
Mateo comenzó a subir las escaleras.
—Vamos.
—¿Por qué siempre tienes que decir "vamos"? —murmuró Bruno.
Llegaron al segundo piso.
Había cuatro puertas.
Mateo abrió la primera.
Un dormitorio vacío.
La segunda.
Un baño antiguo.
La tercera.
Una habitación llena de cajas.
La cuarta puerta estaba cerrada.
Mateo intentó abrirla.
No pudo.
—Está trabada.
Lucía acercó el oído.
—Esperen...
Los tres guardaron silencio.
Desde el otro lado se escuchaba una respiración.
Lenta.
Profunda.
Respirar... respirar... respirar...
Bruno retrocedió.
—Hay alguien ahí.
Mateo agarró el pomo con fuerza.
—¡Hay que abrir!
—¡No! —dijo Lucía—. Vámonos.
Pero antes de que pudieran moverse, la puerta se abrió sola.
Detrás no había nadie.
Solo una habitación completamente vacía.
En el centro había una pequeña mesa.
Sobre ella descansaba una fotografía.
Lucía tomó la fotografía y quedó paralizada.
—Mateo...
Él se acercó.
En la imagen aparecían tres personas frente a aquella misma casa.
Mateo reconoció inmediatamente a una de ellas.
Era él.
Lucía también estaba en la fotografía.
Y Bruno.
Pero la fotografía parecía tener décadas de antigüedad.
—Esto no puede ser... —dijo Bruno.
En la parte inferior de la fotografía había una fecha escrita a mano:
17 de octubre de 1986.
Mateo miró a sus amigos.
—Nosotros ni siquiera habíamos nacido.
Entonces escucharon nuevamente el reloj.
Tic.
Los tres se giraron.
El reloj del pasillo, que llevaba décadas detenido, acababa de moverse.
Tic.
Las agujas comenzaron a avanzar.
11:17.
11:18.
11:19.
Lucía miró la fotografía nuevamente.
Ahora había una cuarta persona en ella.
Un hombre parado detrás de los tres.
Su rostro estaba tachado con tinta negra.
—¿Quién es ese? —preguntó Bruno.
La luz de la linterna comenzó a parpadear.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces.
Y se apagó.
En completa oscuridad, alguien susurró desde el final del pasillo:
—Llegaron tarde.
La linterna volvió a encenderse.
Mateo, Lucía y Bruno estaban solos.
Pero la puerta de la habitación que acababan de abandonar había desaparecido.
En su lugar había una pared.
Lucía tocó los ladrillos.
—La puerta...
Bruno comenzó a entrar en pánico.
—Tenemos que salir de aquí.
Mateo iluminó el pasillo.
—La escalera estaba por aquí.
Caminaron hasta el final.
No había ninguna escalera.
Solo una pared cubierta de fotografías.
Miles de fotografías.
Y en todas aparecían ellos tres.
Algunas mostraban momentos que todavía no habían vivido.
En una, Mateo estaba parado frente a un cementerio.
En otra, Lucía estaba llorando dentro de aquella casa.
Y en la última fotografía...
Bruno aparecía completamente solo.
Detrás de él estaba el mismo hombre de rostro tachado.
Bruno dejó caer la linterna.
—Chicos...
Mateo y Lucía lo miraron.
—¿Qué?
Bruno señaló la fotografía.
—Creo que sé quién es.
Los dos se acercaron.
Bruno tragó saliva.
—Es Esteban Valdés.
Lucía palideció.
—Pero él desapareció hace treinta años.
Una voz respondió detrás de ellos:
—No desaparecí.
Los tres se giraron.
El hombre estaba allí.
De pie al final del pasillo.
Su rostro era exactamente igual al de la fotografía.
Y sonreía.
—Solo estaba esperando que regresaran.
El reloj marcó las 11:17.
Todo quedó en silencio.
Y al día siguiente, cuando la policía llegó a la casa abandonada, encontró la puerta principal abierta.
No había señales de Mateo, Lucía ni Bruno.
Solo encontraron una fotografía sobre la mesa.
En ella aparecían cuatro personas.
Esteban Valdés estaba al frente.
Y detrás de él estaban Mateo, Lucía y Bruno.
La fecha había cambiado.
Ahora decía:
17 de octubre de 2026.
Y debajo, escrito con tinta fresca, había una última frase:
"La próxima vez serán cuatro."
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