Entrada uno. Cielo despejado, viento del noroeste, temperatura seis grados por encima de la media para la fecha. Se registran cuarenta y una especies. Se anota la hora de cada avistamiento porque así se hace y porque hoy todavía tiene sentido hacerlo.
Hay que tener paciencia con las primeras páginas. Las historias que empiezan por el final se leen deprisa y se olvidan igual de rápido. Esta empieza por donde empiezan las cosas de verdad, que es bastante antes de que nadie se dé cuenta de que han empezado.
De lo que ocurrió aquella tarde hay dos versiones y media. La media es de alguien que llegó tarde y se fue pronto, y precisamente por eso es la que más se parece a lo que probablemente pasó: no tiene interés en que la historia quede bien.
Un apunte final antes de continuar: los nombres se han mantenido tal como aparecen en los documentos, incluidas las tres ocasiones en que el mismo documento escribe el mismo nombre de dos maneras distintas. Corregirlo habría sido más limpio y bastante menos honesto.
Lo que sigue está reconstruido a partir de lo que quedó: dos libretas, un montón de cartas sin abrir, una lista de la compra con anotaciones que no tienen nada que ver con la compra, y el testimonio de once personas que no se ponen de acuerdo en casi nada excepto en que aquello ocurrió.
La disciplina de anotar sobrevive bastante más que la razón para anotar. Hacia la mitad del cuaderno ya no hay a quién enviar los datos, y sin embargo la letra sigue siendo igual de clara, las columnas igual de rectas.
Nada de esto se decidió de golpe. Se decidió como se deciden casi todas las cosas importantes: aplazándolas, dejando pasar una semana más, contestando mañana a la carta que llegó hoy. Cuando por fin hubo que elegir, la elección ya estaba hecha desde hacía meses.
Queda pendiente la cuestión más simple de todas, la que cualquiera habría hecho el primer día y que sin embargo tardó cuatro años en formularse en voz alta. No se recoge aquí la respuesta porque no la hubo, o porque quien la dio ya no estaba en condiciones de que se le creyera.
Hubo un tiempo en que esto habría bastado para inquietar a cualquiera. Ahora ya no. La costumbre es un disolvente lento pero muy eficaz, y lo que al principio resultaba imposible pasa, con suficiente repetición, a ser simplemente lo que hay. Se aprende a rodearlo como se rodea un mueble mal puesto en un pasillo estrecho.
— · —
Texto de ejemplo de «Cuaderno de campo del fin del mundo». Sustitúyelo desde Panel → tu obra → el capítulo → editor de texto.
Pasa de página con las flechas del teclado, la barra espaciadora o pulsando en los laterales de la hoja.
Comentarios (0)
- Todavía no hay comentarios.