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Cuaderno de campo del fin del mundo
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Cuaderno de campo del fin del mundoEntrada 47

La disciplina de anotar sobrevive bastante más que la razón para anotar. Hacia la mitad del cuaderno ya no hay a quién enviar los datos, y sin embargo la letra sigue siendo igual de clara, las columnas igual de rectas.

Nada de esto se decidió de golpe. Se decidió como se deciden casi todas las cosas importantes: aplazándolas, dejando pasar una semana más, contestando mañana a la carta que llegó hoy. Cuando por fin hubo que elegir, la elección ya estaba hecha desde hacía meses.

Queda pendiente la cuestión más simple de todas, la que cualquiera habría hecho el primer día y que sin embargo tardó cuatro años en formularse en voz alta. No se recoge aquí la respuesta porque no la hubo, o porque quien la dio ya no estaba en condiciones de que se le creyera.

Hubo un tiempo en que esto habría bastado para inquietar a cualquiera. Ahora ya no. La costumbre es un disolvente lento pero muy eficaz, y lo que al principio resultaba imposible pasa, con suficiente repetición, a ser simplemente lo que hay. Se aprende a rodearlo como se rodea un mueble mal puesto en un pasillo estrecho.

Al cerrar la puerta se oye un chasquido doble: primero el pestillo y después algo más hondo, como si el edificio entero comprobara que sigue estando donde lo dejaron. Es un sonido al que uno se acostumbra en una semana y que, curiosamente, todos los testimonios describen con las mismas palabras.

Una observación no deja de ser cierta porque nadie vaya a leerla. Esto lo escribe en el margen de la entrada cuarenta y siete, con otra tinta, seguramente mucho después, y es lo más parecido a una declaración de principios que hay en todo el cuaderno.

El invierno siguiente fue más suave de lo normal, cosa que a nadie le vino bien. Un invierno duro obliga a la gente a quedarse dentro y a hablar; uno suave permite seguir saliendo, seguir cruzándose por la calle y seguir sin decir nada.

Conviene detenerse aquí un momento, porque lo que viene después solo se entiende si se acepta antes una cosa incómoda: nadie de los implicados está mintiendo. Todos cuentan lo que recuerdan, y lo cuentan con detalles que se sostienen y con fechas que encajan. El problema aparece al poner los relatos uno junto a otro.

Hay que tener paciencia con las primeras páginas. Las historias que empiezan por el final se leen deprisa y se olvidan igual de rápido. Esta empieza por donde empiezan las cosas de verdad, que es bastante antes de que nadie se dé cuenta de que han empezado.

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